Una de las mejores decisiones que he tomado en los últimos diez años ha sido iniciarme en el golf. Llevaba muchos años con la idea rondándome por la cabeza, porque pensaba que el golf era un deporte que me permitiría practicarlo durante lo que me quedara de vida y que no me vería forzado a abandonar, como me ocurrió con el balonmano, porque el cuerpo ya no diera para más.
Para ver si me iba a gustar arriesgué lo mínimo y me inscribí en un cursillo colectivo de iniciación de diez horas: la única inversión, matrícula aparte, fue un guante comprado en Decathlon. El resto del equipamiento ya lo tenía por casa: unos chinos retirados de la vía civil, un polo viejo y unas deportivas. Con eso y mucha ilusión me planté en el campo de prácticas y acerté: en el momento que logré golpear la primera bola correctamente y oí ese “clac”, ese sonido celestial que solo suena cuando la cazas bien, con independencia de hacia dónde salga la bola… me enganché, y ahí sigo desde 2018, entregado.
El golf me da muchas cosas, y si ya jugara bien, que es lo que menos me importa ya sería el no va más. Cuanto más juego, más me gusta. Y cuanto más entiendo el juego más paralelismos le encuentro con la vida, hasta el punto que, valga la exageración, uno ya no sabe si la vida es el golf o el golf la vida.
¿Por qué lo digo? Sigue leyendo y verás sin tengo o no razón.
Para empezar, en la vida y en el golf aterrizas sin saber ná de ná. Vamos, con hándicap 36. Solo a través del aprendizaje y, sobre todo, del error vamos bajando ese hándicap invisible que todos traemos de serie. La experiencia no elimina los golpes malos, pero reduce su frecuencia y, lo que es más importante, su impacto emocional.
Cuanto más entiendes el juego, más lo disfrutas. Cuantos más golpes dominas, más recursos tienes. Y cuantos más recursos tienes, menos te asustan los obstáculos. Y lo mismo ocurre con la vida: cuando comprendes sus reglas no escritas, sus tiempos y sus trampas, dejas de luchar contra ella y empiezas a saborearla. Ya sabes qué es importante y qué no. Te preocupas solamente de aquello que está bajo tu control. ¿Lo demás? Lo que tenga que suceder sucederá.
Un día se parece a una vuelta de golf: 24 horas como 18 hoyos. Algunos hoyos son largos y exigentes; otros, cortos y aparentemente sencillos, pero traicioneros. No puedes jugar los 18 a la vez ni dar dos golpes a la vez: tienes que ir pasito a pasito, golpe a golpe hasta que llegas a la casa o a la piltra.
A simple vista, todos los días parecen iguales, como cuando juegas siempre en el mismo campo, pero no es así: desde el primer golpe, la bolita se empecina a caer en un sitio distinto al de ayer, el viento cambia, la posición de bandera cambia, tu estado de ánimo cambia ya no de hoyo a hoyo, sino de golpe en golpe… Y en tu día a día pasa lo mismo: una vez que te levantas por la mañana vete tú a saber cómo avanza el día. No te queda más remedio que adaptarte o morir en el intento.
En el golf, juegas la bola donde descansa, no desde donde te gustaría que estuviera. Te adaptas y punto. El viento no se negocia. Puedes enfadarte, quejarte o maldecir, pero seguirá soplando. Lo único que está bajo tu control es Lo único que de verdad está en tus manos es la actitud con la que enfrentas cada golpe y la decisión que tomas. No controlamos las circunstancias; sí nuestra respuesta. Aceptar esa realidad es el primer paso para un buen golpe. Y en la vida igual: las cosas vienen como vienen y con esas cartas tienes que jugar, no con las que querrías. Si la vida te da limones, haz limonada.
Los grandes resultados no dependen solo de los golpes espectaculares, sino del juego corto: el approach fino, el putt preciso… En la vida, son esos pequeños gestos diarios los que nos dan nuestro valor real.
Dicen que agua pasada no mueve molino. Lo pasado, pasado está, sea bueno o malo. En la vida y en el golf el error está a la orden del día. Asúmelo, súmalo a tu experiencia y tira pa’lante. ¿Qué en el campo tu golpe ha sido malo? Ese ya no vuelve, es pasado, céntrate en el siguiente.
La vida no siempre es color de rosa: después de un birdie suele venir un “mierdi”. El golf, como la vida, está lleno de dientes de sierra, y muchas veces no sabes por qué: lo que hoy funciona mañana no y al siguiente peor todavía, pero de repente vuelve a funcionar… y a las dos semanas haces nueve rayas en dieciocho hoyos. No intentes entenderlo, simplemente es así. En el golf aprendes a convivir y gestionar la frustración y eso para la vida no tiene precio. Después de Mordor como ciudad de vacaciones (una mierda) siempre llega la luz.
El que diga que jamás ha comprado una bola y que juega con las que va encontrando miente como un bellaco: el campo exige que al menos hagas una compra inicial de bolas y que las pierdas todas para poder encontrar las que han ido perdiendo los demás. Y en la vida, lo mismo: para encontrar ese calcetín azul que perdiste hace dos semanas tienes que ofrecer un sacrificio a los dioses y perder otra cosa a cambio. Y si no, pues no lo encuentras. Te lo digo yo, que me paso el día así.
Cuando buscas bolas en el campo, siempre encuentras la bola de tu compañero de juego pero nunca la tuya. Y en la vida, ya lo sabes: en casa del herrero… cuchillo mangorrero.
He jugado al golf muchos días solo y lo he disfrutado mucho, pero jugar en compañía no tiene precio: compartes alegrías, frustraciones, complicidades, confesiones, conversaciones, surgen amistades, amores…. Es como la vida, que en sí misma es muy bonita, pero compartida multiplica sus colores.
Con los años llegan las limitaciones, y ni la vida ni el golf son una excepción. La vista ya no es la misma, las fuerzas no responden igual, el swing pierde velocidad. Entonces aparecen las adaptaciones: gafas nuevas, una varilla más flexible, un cambio en la rutina de calentamiento. No se trata de renunciar, sino de reinventarse para seguir jugando. En la vida ocurre igual: aceptar que ya no eres la misma persona de hace veinte años no es una derrota, es simplemente ajustar el juego a las nuevas condiciones del campo.
La vida y el golf son dos ámbitos en los que la perfección es inalcanzable. No se trata de ser el mejor, sino de dar lo máximo de ti para intentar hacer las cosas bien y lo correcto. En el golf tú eres tu propio juez. Tú sabes si te has quitado golpes, o no te has contado una penalización cuando debería haberlo hecho, o te has sacado una bola del bolsillo y has dicho que es la que estabas jugando cuando realmente la has perdido… ¿No pasa lo mismo en la vida? Más allá del reconocimiento externo, sabes cuándo has hecho lo correcto.
Dieciocho hoyos. Un día más. Y mañana… vuelta a empezar
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